Comparte en:

Un desencuentro circular; ‘Llamadas de Ámsterdam’

Omar González @Pagina23Anaquel

Nuria Benavides y Juan Jesús clausuraron su futuro sin haberlo siquiera rosado y transitaron de la esférica apoteosis del amor a la separación total que los años deparan a aquellos que ven erosionarse la tierra sin entender la devastación  que viene.

Eso les pasó a Nuria y Juan Jesús que, de la mano de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) nos recuerdan que el tema de toda literatura por más que cretinamente se niegue no es otro más que el inventario de esa suma de encuentros y desencuentros que es la vida; el escritor troca entonces en el contable que cierra un balance que arroja pérdida o ganancias. A veces unas son más y otras menos y la literatura, que todo narra, da cuenta de ambas.

Autor de sobrada eficacia, Villoro recorre en Llamadas de Ámsterdam el destino fallido de la hija de un abogado inescrupuloso que lo mismo desde el comedor de su casa o en interminables reuniones, desgrana pillerías, excesos y pasiones de la familia revolucionaria a la que ha servido lo mismo como Senador que como litigante avezado en el nada encomiable arte de manipular la ley a favor sus intereses y los de sus clientes.

Juan Jesús, el pobre enamorado de Nuria, aspirante a pintor, vive junto a ella una pasión incendiaria; la posibilidad de una vida lejos al otro lado del mundo se abre majestuosa. Todo son planes, proyectos, menajes que avanzan en la bodega de un carguero.

Quiere el destino que las cosas se tuerzan y el viaje liberador que habrían de emprender Nuria y el pintor, concluye antes de siquiera haber iniciado.

Es mentira –y Villoro lo demuestra con exactitud— que el fracaso sea una suma de tropezones y desventuras. El fracaso es la forma más ácida de la pérdida; una vida derrochada, un talento mal encauzado, un amor diluido en el estrepitoso tedio cotidiano, una mala noticia y a veces un simple mal día bastan para abrir la puerta del fracaso.

Quiere el destino de Juan Jesús torcerse al punto de fracasar y perderlo todo y todo… era Nuria. Nadie dio cuenta a los amantes del destino del otro luego de su separación. La suerte o la casualidad le permiten al fallido pintor reencontrar a Nuria, a esa otra Nuria que avanzó por los bordes de la vida de Juan Jesús sin que éste lo sospechase siquiera.

Y para poder volver a ella diseña una estrategia infantil por verosímil; en la que “movidos por una fuerza inconsciente, los protagonistas inventan una realidad alterna…para brindarle una segunda oportunidad a sus deseos”, dice la contratapa de la cuidada edición hecha por Almadía a esta breve novela de Juan Villoro, una muestra elocuente de su elegancia narrativa, de la precisión de su trama, de su despiadada forma de decir que “en los grades romances los sentimientos son más intensos que los hechos”.

No hay exceso en la afirmación. Villoro apuesta por el teléfono como forma de comunicación entre aquellos que decidieron cruzar llamadas de, en y desde Ámsterdam, el misterio circular de un desencuentro que no tenía más alternativa que un estrepitoso fracaso, el mismo que sirvió “para que ella llegara a ese ventanal y mirara caer la noche y existiera de ese modo, con él…”, perdido en la propia trama de sus llamadas mientras la lluvia empieza a caer. (Juan Villoro, Llamadas de Ámsterdam, Editorial Almadía, México, 2009, 80 pp).

Artículos relacionados