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De ciudadanos e independientes: Ell@s no son la salvación

Víctor Zúñiga @Zuniga_Vic

El cuento ese de que los ciudadanos y los candidatos independientes a cualquier puesto de representación popular, son la oportunidad de salvación que México necesita, es demasiado viejo. Sin embargo, podemos rastrear sus orígenes contemporáneos allá por los años ochentas y noventas del siglo pasado, cuando varios empresarios e intelectuales -de esos que en lugar de tener un cubículo en alguna universidad tienen un camerino en un estudio de televisión (o ambos)- decidieron participar en política para enfrentar al PRI a través de la vía electoral. 

Por supuesto, en esos momentos sus aportaciones a la democratización del país fueron muy importantes,porque entendieron que la única manera de impulsar cambios en la forma de ejercer el poder político era participando en las instancias formales diseñadas para acceder a su ejercicio, es decir, los partidos políticos. Así, muchos de esos ciudadanos buena onda se afiliaron al naciente PRD (José Woldenberg, Luis Villoro y Enrique Semo, por ejemplo), otros tantos al PAN (Santiago Creel, Alonso Lujambio y Juan Molinar) y los más puristas optaron por no militar formalmente en esos partidos, pero simpatizaron con ellos a través de grupos de apoyo como el famoso “Grupo san Ángel”. 

La historia posterior podría resumirse en el hecho de que esos santo ciudadanos al paso de los años y de la experiencia política terminaron reproduciendo las mismas prácticas que había criticado al PRI: uso clientelar del presupuesto público, creación de oligarquías y facciones que terminaron disputando el poder por el poder y malversación del erario, ya fuera por inexperiencia o por explícita rapacidad. 

De ahí que no existan razones para pretender ser optimistas con la idea de que, en la elección presidencial del próximo año, un candidato “ciudadano” e “independiente” será el que salve al país del estado tan deplorable al que lo han conducido las malas gestiones de los políticos dizque profesionales. Y esto es así por diversas razones, entre ellas una de las mismas importantes es que el ejercicio del gobierno no es una cuestión únicamente de buenas voluntades, sino también de capacidades generar diálogo y consensos; pero, sobre todo, bases sociales de apoyo que soporten la agenda política del gobernante. 

Sobra decir que esas habilidades no se aprenden de la noche a la mañana, sino que precisan de eso que IsaiahBerlin llamaba “juicio político”, es decir, la capacidad de poder discernir cuál es el mejor momento para proponer tal o cual curso de acción. Luego entonces, difícilmente don Pedrito Ferriz -que gran parte de su vida la ha dedicado a presentar y comentar noticias en programas radiofónicos- o el resto de los treinta y tantos ingenuos aspirantes (que nadie conoce) podrían tener un buen juicio político, porque no lo han desarrollado o porque sencillamente no lo tienen. Y en lo que hace a Margarita Zavala, Armando Ríos o Jaime Rodríguez, aunque posiblemente cuenten con esa capacidad, durante su vida partidista no sobresalieron por ser precisamente de los cuadros más preparados y profesionales de sus respectivos institutos políticos. Además de que, en el eventual escenario de que alguno de los tres llegara a la Presidencia, la gran interrogante sería cómo podrían negociar su agenda con un Congreso que está diseñado para funcionar mediante grupos parlamentarios de marcada orientación partidista. 

Por supuesto que a estas alturas el único, persistente  y estoico lector de esta columna probablemente esté pensando que hay en estas líneas una defensa declarada de los políticos de tiempo completo y los partidos políticos mediante una crítica superficial al papel de los candidatos independientes. 

Al respecto hay que precisar que, en efecto, sí hay una defensa de la vía partidista para disputar el acceso al poder, aunque no precisamente al estado actual de los partidos políticos en México que, en efecto, han sido cooptados por oligarquías depredadoras. Sin embargo, sí es conveniente y hasta oportuno dejar de observar la gestión de los asuntos públicos como una antítesis entre políticos malos y ciudadanos buenos. 

Primero, porque ya desde el momento en que se decide participar, ya sea desde la vía de la información, formación de opinión y crítica, se está haciendo política. Segundo, porque esa misma circunstancia y la posibilidad formal de ejercer los derechos políticos no otorga a todas las personas la condición de ciudadanía. Y tercero, porque hasta ahora en ninguna parte del mundo se ha inventado una vía distinta a la partidista para acceder al ejercicio del poder público, razón por la cual hay que hacer política partidaria. 

En este sentido, el principal reto en México es reinventar a los partidos. Pero esto sólo podrá lograrse cuando todos esos ciudadanos buena onda que se sienten hiper mega decentes y orgullos cuando se asumen como tales, decidan ir a colonizar a los partidos y dotarlos de nuevas orientaciones y hasta nuevas prácticas que a la larga se constituyan en cultura política. 

Y, desde luego, también sucederá cuando el resto de los ciudadanos cambiemos la visión convenientemente sesgada de que todas las desgracias nacionales son culpa de los políticos profesionales. Porque no es así. Nosotros mismos también tenemos un importante grado de responsabilidad por nuestra apatía y nuestra reticencia a ir también a colonizar a los partidos para imprimirles una nueva dimensión y unos nuevos alcances. 

Cuando eso suceda, las esperanzas de un auténtico cambio político tendrán un fundamento realmente serio.

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