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No son las encuestas, estúpido

Víctor Zúñiga @Zuniga_Vic

Con la llegada del nuevo año ha comenzado esa bonita temporada en la cual los calumnistas de los medios, los académicos de cubículo y camerino y, en general, todas las luminarias de la opinión pública que siempre tienen algo que decir en este país de globos y bicicletas, se ponen el turbante con plumita en la frente y sacan la bola de cristal para predecir el futuro. Máxime en este 2018, en el cual los partidos y sus candidatos darán la madre de todas las batallas (o se darán en la madre en todas las batallas, que no es lo mismo, pero es igual) para ganar la Presidencia de la República, en una narrativa como de película épica gringa que incluye horcos, elfos, escándalos de corrupción y funcionarios electorales medio incompetentes.

En fin, que en ese escenario de premoniciones políticas las encuestas se convertirán -este columnista también se suma con entusiasmo a la fiebre profética-en la principal herramienta más o menos seria para que las ocurrencias que suelen recetarnos nuestros siempre políticamente correctos Leonardos Cursis (¿o era Curzio), JavieresSolorzanos y LorenzosMeyeresno parezcan extractos de charlas de cafetería universitaria o de pasillo de supermercado. 

De modo que, en los próximos días, cuando se comiencen a publicar los resultados de las primeras encuestas del año,comenzarán las profecías acerca de quién ganará las elecciones en julio, asegurando que se trata de tendencias irreversibles, que coinciden y reflejan el “humor social”, cualquier cosa que eso signifique y cualquier cosa que entienda por ello. 

Y sí. Lo cierto es que sin tomar en cuenta los vergonzosos fiascos en que se han convertido en los últimos procesos electorales, en el fondo (pero muy,muy en el fondo) las encuestas son instrumentos que permiten medir las preferencias de los ciudadanos y formular algunas inferencias respecto a su potencial conducta cuando acudan a las urnas. 

Sin embargo, cualquier estudiante de primer semestre de la carrera de Ciencia Política con un mínimo de sentido común sabe que un análisis prospectivo (que es el nombre picudo que se les da a las profecías para que parezcan científicas) de cualquier proceso electoral no se circunscribe a interpretar los resultados de las encuestas y decretar a partir de ellos el resultado. 

Es necesario tomar en consideración otros factores, quizá menos medibles o perceptibles pero mucho más determinantes, como la presencia territorial de los partidos y su capacidad para movilizar a sus simpatizantes o, más importante aún, su dominio geopolítico regional a partir del ejercicio de funciones de gobierno que les dan acceso a recursos materiales, humanos y financieros que se pueden articular para apoyar a determinados candidatos. 

En otras palabras, habría que preguntarse hacia dónde laten los corazoncitos de los gobernadores en un contexto en el que, por primera vez en una elección presidencial, el PRI no gobierna en la mayoría de los estados; es más, ni siquiera en los cinco que tienen los padrones electorales más grandes del país. 

Si hiciéramos una revisión del mapa políticoveríamos que el PRI gobierna en 14 estados, su aliado el PVEM en 1 y la alianza PAN-PRD en 16 (11 el PAN y 5 el PRD), que sumándole al dizque independiente gobernador (con licencia) de Nuevo León, arroja un total de 17 estados gobernados por la oposición contra 15 controlados por el PRI y su satélite el PVEM.  

Adicionalmente habría que considerar que de los cincos estados con los padrones electorales más grandes, el PRI únicamente gobierna en 2 (Estado de México y Jalisco), mientras que el PAN lo hace en 2 (Veracruz, Puebla) y el PRD en 1 (Ciudad de México). 

Lo paradójico de esta correlación geopolítica es que introduce una fuerte dosis de incertidumbre en el sentido de que la contienda por la Presidencia de la República apunta a definirse entre dos candidatos, José Antonio Meade (o quien quiera que eventualmente pueda sustituirlo) por parte del PRI y Andrés Manuel López Obrador por MORENA. 

Ricardo Anaya, que sería el eventual candidato de la alianza PAN-PRD ni siquiera pinta en el escenario. 

Luego entonces, además de buscar el voto del mayor número de ciudadanos a nivel nacional, don Pepe Atuan y el tío Peje, también deberán buscar(seguramente ya lo están haciendo) las preferencias de los gobernadores opositores. Y ahí la incertidumbre podría tornarse en opacidad, porque los apoyos y las movilizaciones de las maquinarias burocráticas no serán únicamente por amor a la patria. También habrá acuerdos y compromisos que sería saludable que fuesen públicos. Aunque lo más probable es que no sean así. 

Sea como fuere, lo importante es tener en consideración este tipo de factores en los vaticinios sobre el futuro político electoral del país en los próximos meses, y no sólo los resultados de unas encuestas que por sí mismas apenas dicen muy poco sobre la compleja realidad del país. 

DE PASADA: El jingle de “Movimiento Naranja” es al marketing político lo que “Despacito” al reggaetón: un auténtico hit. Tal vez Dante Delgado no sea ni de lejos un buen estratega político, pero sí es un buen mercadólogo.

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